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CRÓNICAS

La hospitalidad del amor injustificado ikumeni

La hospitalidad del amor injustificado

Dr. Lucas Oro Hershtein

PhD in Philosophy at the University of Buenos Aires (2019).
Post-Doc. Studies Jewish Philosophy, Medieval Jewish Philosophy, and Islamic Philosophy.
Postdoctoral Research Associate, Department Philosophy, University of York.

Los textos judíos enseñan que el primero de los templos en Jerusalén – el centro de nuestra vida espiritual, comunitaria y nacional – fue destruido (en el 586/587 a.e.c.) por una sumatoria de actos de idolatría, adulterio y violencia. Por el contrario, el segundo lo fue (en el 69/70 e.c.), en una época donde prevalecía el estudio de los textos, la observancia de los preceptos e incluso los “gestos de benevolencia” (גמילות חסדים), como consecuencia del “odio injustificado” (שנאת חנם) que unos sentían por los otros (יומא 9b). En cierto modo, el templo era una representación exterior de una realidad interior, tanto individual como colectiva. Así lo insinúa el texto bíblico, cuando Dios le ordena al Pueblo de Israel la construcción de un espacio sagrado en el desierto: “ellos harán un ‘santuario’ (מקדש) para mí, pero yo habitaré en ellos” (שמות‎ 25:8). Cuando la vida interior a la que el templo daba cobijo, expresándola, se consumió a sí misma, aquel dejó de tener sentido.

El texto bíblico nos exige, a cada uno de nosotros, “amar” (לאהוב) al “otro” (רע), al “extranjero” (גר), como cada uno se ama a sí mismo. Este imperativo no tiene un motivo; es preciso porque Dios es Dios, es nuestro Dios (ויקרא‎ 19:18; 19:34). Como se dice, “todo amor que depende de algo, cuando ello cesa, también lo hace el amor; pero el amor que de nada depende, este amor nunca terminará” (פרקי אבות 5:16). Al no tener una justificación, la relación con el otro que se demanda no entablar sino reconocer es asimétrica: no se fundamenta previamente ni espera una correlación posterior. Es decir, escapa a la necesidad intelectual de subsumir a aquel al horizonte de las necesidades y posibilidades propias, asimilándolo a nuestra identidad.

Cuando el Pueblo de Israel se encuentra en el desierto, Dios le indica a Moisés y Aarón que los israelitas deben acampar de acuerdo su “estandarte” (אות), aludiendo a la subdivisión en tribus (במדבר 2:2). Con todo, el mismo término también significa “letra”. Es decir, cada hombre se corresponde con una letra de la revelación. Su individualidad limitada es a la vez expresión de la infinitud de los caminos de la creación. Todo ha sido originado con un “propósito” (מענה) (משלי 16:4), pero el mandato no es comprender al otro, sino ser responsables por él. En el amor que cada uno le debe al otro, no hay preguntas posibles. Por eso se resalta que en estas palabras reposa el sentido último de la revelación, siendo todo lo demás una “interpretación” (שבת‎ 31a). En la apertura al otro, en la hospitalidad auténtica, no hay comentario posible.

En el fragmento bíblico mencionado, Dios le ordena a Moisés censar a los Hijos de Israel en el desierto (במדבר‎ 1:1-2), una exigencia que se deriva – según uno de los comentarios a este pasaje – de su “amor” (חיבה) hacia ellos. Del mismo modo, cuado Dios menciona a los Hijos de Israel luego de su muerte, tras haberlos “contado” (למנות) en vida, lo hace porque el amor que Dios tiene hacia ellos es similar al que profesa hacia las estrellas, a las cuales toma, de acuerdo con su “número” (מספר) y “nombre” (שם), desde el horizonte (שמות‎ 1:1-3; 12:37; 32:28). Por el contrario, se dice que como consecuencia de haber David “contado” a los Hijos de Israel, una plaga acechó al pueblo, cerniéndose sobre Jerusalén la amenaza de la destrucción (דברי־הימים 21:1; 21:17), un castigo divino que en otro de los comentarios se entiende como siendo resultado que David lo hace sin otro motivo más que el de regocijarse viendo el número de hombres sobre los que reinaba. El amor se relaciona con una actitud paradójica: contar lo incontable, numerar las infinitas estrellas que adornan el firmamento. La destrucción sobreviene a lo opuesto: contabilizar para controlar, en vistas a la satisfacción que otorga la ilusión de la posesión.

El mundo dominado por el paradigma del cogito cartesiano exarceba la actitud ejemplificada por los judíos al murmurar que Dios los había sacado de Egipto al “odiarlos” (לשנוא), con respecto a lo cual un comentario aclara que su imposibilidad de ver que Dios los “amaba” (לאהוב) se derivaba de la ceguera a la que los condenaba su temor, su necesidad de controlar el devenir de los acontecimientos en el cual se veían sumergidos al no poder pensar más que en sí mismos. En este sentido, el Rav Abraham I. Kook afirma que el rechazo visceral hacia el otro es una de las formas que toma la “inclinación al mal” (יצר הרע), no solo como una falta moral que afecta al sujeto cosificado de esta actitud, sino como una maldición para quien la permite, corrompiendo el bien que alberga una persona o una nación (פנקסי הראי»ה, vol. 4, p. 168).

Así, si nuestro mundo todo – representando por el templo – fue consumido por el “odio injustificado”, tal como se dice en el primero de los textos mencionados, en las palabras del Rav Kook es preciso reconstruirnos – a nosotros y a nuestro mundo y por ende al templo – sobre la base del “amor injustificado” (אהבת חינם) (אורות הקודש, vol. 3, p. 324). Este amor implica un compromiso total, como la fe que se anuncia en los textos: aquella de quien acepta la infinitud de lo divino “con todos mis huesos” (תהלים‎ 35:10). Este movimiento, el cual se encuentra en el centro de la experiencia judía, y no en una postulación teórica o en un romanticismo sentimentalista, no reduce la espiritualidad a una suerte de moral agnóstica, sino que la libera de la teología de aquel que pretende ver a Dios corriendo su mirada de los seres humanos (ישעיהו‎ 58). Así, de la hospitalidad radical deviene el modelo para imaginar un vínculo con lo eterno a través de lo finito y con lo finito por medio de lo eterno. En otras palabras, nuevamente citando al Rav Kook, las almas de los enamorados de Dios piensan y sienten que la verdadera “cercanía” (קרבה) a lo divino que “anhelan” (לערוג) lleva inexorablemente a la “unión” (התאחדות) con la “comunidad” (כלל), por la comunidad (אורות הקודש, vol. 2, pp. 442-443).

Los articulos publicados en Ikuméni tienen como fin promover la reflexión y una mirada ecuménica e interreligioso. Los textos reflejan las opiniones de su autor.

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