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CRÓNICAS

Construir la unidad en tiempos de conflicto:  ¿Qué podemos aprender de Atenágoras, el Hermano Roger y Chiara Lubich, pioneros en el camino ecuménico?

Beatriz Isola, Magíster en Doctrina Social de la Iglesia Católica (DSI) y diplomada en estudios pastorales. Especializada en el diálogo ecuménico y judeo-cristiano. Asesora pedagógica en Ikuméni.

En la ciudad de Karlsruhe, Alemania, se realizó el pasado mes de septiembre la XI Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias,  una oportunidad única para que las iglesias miembros de todo el mundo profundicen su compromiso con la unidad visible y el testimonio común. Su lema, «El Amor de Cristo mueve al mundo a la reconciliación y la Unidad« continúa resonando e interpelando acerca del rol que las Iglesias y los cristianos tienen en un «tiempo de múltiples crisis», como afirma  Piero Coda, marcado por la fragmentación y los conflictos. Muchos hablan de unidad, pero luego se actúa convencidos que la polarización es la respuesta y, como en un círculo vicioso, se siguen generando mayores fracturas sociales. Sin embargo, la unidad es la lógica de vida que brota del Evangelio. ¿Qué aporte puede dar la experiencia del ecumenismo?¿Cómo han afrontado estos desafíos aquellos pioneros del camino ecuménico? ¿Qué huella han dejado en el camino de la unidad?

«En un mundo como este, herido por las divisiones, las iglesias están llamadas a dar testimonio del poder indestructible del amor para unir y reconciliar (…) dar un testimonio contracultural: la esperanza de la unidad, la justicia y la paz».XI Asamblea del CMI – Proyecto de declaración sobre la unidad. Doc. No.A 05 rev 1 (P. 1-.2)  Ver nota relacionada

Hoy traemos a la luz tres semblanzas que dejaron huellas, abrieron camino y cambiaron la historia: Athenágoras I, Roger Schutz y Chiara Lubich. Contemporáneos entre sí, testigos de los vientos de guerra de su época, desarrollaron su misión después de la Segunda Guerra Mundial. No se frenaron frente al conflicto sino que han sabido generar puentes de unidad. Testimonios de vida que pueden iluminar nuestro presente.

Patriarca Atenágoras I – Spirou, Aristokles

(Grecia, 1886-1972)

El Patriarca Atenágoras I fue prelado ortodoxo y elegido en 1948 como Patriarca del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. A partir del conocimiento que fue teniendo de las distintas comunidades de la Iglesia Ortodoxa en el mundo y de las comunidades cristianas de otras denominaciones e iglesias, nació en él un sincero deseo de diálogo y fue uno de los grandes impulsores del camino ecuménico entre las iglesias de Oriente y la iglesia Católica. 

Atenágoras ha puesto de relieve la prioridad del Amor como base del camino de unidad entre los cristianos: el diálogo de la caridad, que junto con el diálogo en la verdad, son el fundamento del camino de reconciliación para la unidad entre los cristianos: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros”. (Jn 13, 34)

Histórico ha sido el reencuentro en Jerusalén el 5 de enero de 1964, entre Atenágoras I, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla y el Papa Pablo VI de la Iglesia Católica, quienes al fundirse en un abrazo fraternal, dieron testimonio y un signo visible de reconciliación luego de siglos de divisiones tras el cisma vivido en 1054.

Este abrazo histórico posibilitó la reapertura del diálogo en la historia del cristianismo, entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla. Este hito fue luego recordado y revivido en 2014, con la visita del papa Francisco y el patriarca ortodoxo Bartolomé I en Jerusalén.

En el encuentro de 1964, Atenágoras y Pablo VI dieron un testimonio concreto de que  el Amor vence siempre’ y, a través del diálogo, se abrió paso al perdón y a la reconciliación. Esto posibilitó un recorrido de múltiples encuentros en todo el mundo para descubrirse unos a otros como hermanos, reconocerse como iglesias hermanas que caminan en la historia de su tiempo; que comparten una misma tradición bíblica, patrística y eclesiológica y anhelan también alcanzar algún día -como expresara Atenágoras-  la unidad plena también en la celebración “en un único cáliz”.

«Tengo la costumbre de publicar cada Pascua un mensaje – ha explicado. El último dice: Los primeros diez siglos del Cristianismo han sido para los dogmas y para la organización; en los diez siglos siguientes, llegaron las desgracias, los cismas, la división. La tercera época – ésta – es la del amor. Por este camino de la caridad nos encontramos en el mismo cáliz. Desde luego, tenemos necesidad de teólogos, pero las diferencias son demasiado pequeñas y descoloridas por el sol del amor. Las diferencias han perdido su color gracias al sol de la caridad. En los primeros mil años hemos vivido en la comunión; después nos hemos separado». «Ahora el cisma ha desaparecido (aludiendo a la reciente anulación de las recíprocas excomuniones por parte de la Iglesia Católica y de la ortodoxa) ¿por qué no volvemos al mismo cáliz…?». Fuente: Entrevista de Radio Vaticana a Chiara Lubich, luego de su visita al Patriarca Atenágoras el 18 de julio de 1967.

Roger Schutz

(Suiza, 1915-2005)

Roger Schutz fue el fundador y prior de la Comunidad ecuménica de Taizé (Francia), una iniciativa que convoca a jóvenes de distintas iglesias cristianas para encontrarse y orar juntos por la unidad.

Schutz nació en una familia protestante y anhelaba retomar los vínculos con la tradición católica y rescatar los tesoros de fe de las iglesias de Oriente.  Fue un gran promotor de la unidad entre los cristianos. Era consciente que las iglesias eran las primeras llamadas a abrir un camino de paz, ser testigo de unidad en un mundo de conflictos y divisiones: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si tenéis amor los unos a los otros.” (Jn 13, 35).

Ahora bien, para alcanzar la unidad cristiana, el Hermano Roger tenía muy claro que la principal fuente es la oración. Por ello en la vida de la comunidad monástica ecuménica que fundó, tienen mucha centralidad las plegarias y los cantos que invitan al recogimiento y la meditación  en unidad en torno a Cristo. La vida de Taizé hasta el día de hoy sigue atrayendo a multitud de jóvenes a vivir esta experiencia de interioridad, y encontrarse unidos en el Espíritu.

Para Schutz, amar es perdonar y vivir como personas reconciliadas, tal y como Jesús amó al mundo. Por eso, consideraba que la comunidad es el signo evidente de que Dios es amor porque, ante los conflictos humanos, existe la posibilidad del perdón.

«Pienso que desde mi juventud nunca me ha abandonado la intuición que una vida de comunidad pudiese ser el signo que Dios es amor y solamente amor. Poco a poco surgió en mí la convicción que era esencial crear una comunidad con hombres decididos a dar toda su vida y que buscasen comprenderse y reconciliarse siempre: una comunidad donde la bondad del corazón y la simplicidad estuviesen al centro de todo.» (Hermano Roger, Dios sólo puede amar). Fuente

Chiara Lubich

(Italia, 1920-2008)

Por su parte, Chiara Lubich nació en Trento, Italia, y es la fundadora del movimiento de los Focolares, cuya espiritualidad inspirada en el Evangelio, llama a vivir por la unidad, como Jesús le ha pedido al Padre: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.” (Jn 17, 21). Un camino de unidad, que ha abrazado a personas de distintas iglesias cristianas, de diferentes credos religiosos y también personas de buena voluntad sin referencia religiosa.

Lubich propone el “diálogo de la vida”, inspirado en la espiritualidad del carisma de la unidad, vivida por cristianos de distintas denominaciones, quienes renovados por la vida de la Palabra del Evangelio, experimentan la presencia de Cristo, que une a los suyos en su Amor: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy en medio de ellos“ (Mt 18,20). Una espiritualidad que genera un pueblo nuevo que vive unido, en el respeto de la diversidad.

Algunos textos suyos, nos ayudan a profundizar en esta experiencia. Refiriéndose al Evangelio que nutre la vida de comunidad, Chiara afirma:

«La vida de la Palabra nos hace uno entre nosotros. (…) ‘Podemos ser uno sólo si nos comprometemos a ser cada uno otro Jesús: otra Palabra de Dios viviente’. (1)

Y explicita cuál es el fruto de esta vida de comunión: la unidad, fruto de una gracia, un don gratuito de Dios.

«La unidad exige ese “algo más”, porque supone por lo menos dos en comunión. La unidad es una gracia que Jesús ha pedido al Padre: “Padre, que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí-, para que sean perfectamente uno” (cf. Jn 17, 21-23). Y, si es una gracia, no la podemos lograr con nuestro esfuerzo. Solo tenemos que estar dispuestos a poder recibirla: amándonos recíprocamente como Jesús nos ha amado. Y aquí quisiera subrayar que ese “como” significa con la medida del abandono. Jesús, en efecto, amó así y hasta ese punto. Por lo tanto, no basta amarse de cualquier modo, como por ejemplo con un buen entendimiento entre amigos, o con benevolencia; se requiere ese desapego material y espiritual por ambas partes, necesario para poder “hacerse uno” recíprocamente. Esa es la manera de ponernos en la mejor disposición para obtener la gracia de la unidad». (2)

Chiara Lubich, Un camino nuevo: la espiritualidad de la unidad. (1) Pag. 41, (2) Pág 47. Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2002

Atenágoras, el Hermano Roger y Chiara Lubich abrieron distintos caminos en el contexto de guerra y posguerra de la época que les tocó vivir. Tres pioneros del camino ecuménico. Tres testigos de unidad, que nos dejaron un mensaje que sigue aún vigente: la primacía del amor, la centralidad de la oración y el testimonio de una vida evangélica en común. 

Los tiempos actuales necesitan de nuevos testimonios de unidad, para abrir caminos de reconciliación y encuentro. Animémonos también nosotros, allí donde estemos, a construir puentes de unidad, y abrir horizontes de esperanza para la humanidad de hoy.

 

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